10.26.2010

SABATINA 2 // Afganistán como relato - Ricardo García Vilanova

El ciclo SABATINAS propone un encuentro para descubrir, aprender, transmitir, mezclar y vivir la fotografía documental desde todas las vertientes. 

Keywords: Documental. Nodo. Acción colaborativa.
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Día: Sábado, 18 de diciembre de 2010
Hora: 17.30 h.
Lugar: Espai Català-Roca - casa Golferichs. Gran Via, 491 - Barcelona
Organiza: RUIDO FORMACIÓN
Actividad gratuita / Plazas limitadas / Se requiere inscripción previa a través de escuela@ruidophotoformacion.com


AFGANISTÁN COMO RELATO

Afganistán se nos presenta como una nueva posibilidad para el relato. La narración oficial de lo que puede y debe ser el conflicto: y por lo tanto, una guerra con un marcado sesgo de propaganda y de ficción. Pero también la construcción de otros relatos que contribuyan a estructurar y a comprender el escenario donde se dirime el conflicto global afgano. La labor documental del fotoperiodista. Un relato directo, propio, de la guerra, ajeno a la fábula colectiva de las administraciones que la gestionan.

En esta segunda Sabatina, nos satisface presentar al fotoperiodista Ricardo García Vilanova y el trabajo que ha realizado en Afganistán, del cual se ha hecho eco la organización National Press Photographers Association y que, entre otros, ha publicado el diario Wall Street Journal. Y asimismo, haceros partícipes de su relato y transmitir la experiencia de quien es considerado por Columbia Journalism Review como un plausible candidato al premio Pulitzer del próximo año.





 © 2010 Ricardo García Vilanova. All Rights Reserved
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RED SMOKE

Hay otros sitios en que sí somos bienvenidos – comenta el soldado desde la torre de vigilancia-. Pero aquí no.

La diminuta base de Tynes es la última posición estadounidense en Arghandab, el valle talibán por excelencia, en Kandahar, en el sur de Afganistán.

Desde la elevada garita hablo con el soldado sobre su casa, su trabajo, la comida de su madre. Me explica que la población del valle no los quiere, y de lo que supone estar un año metido en una unidad de combate, de la incertidumbre de no saber si regresarás vivo a casa.

- Si piensas demasiado, te vuelves loco – afirma.

Cada día hay combates. Hace dos días estuvieron doce horas luchando. Hubo cuatro heridos: a uno le arrancaron parte de la cara de un balazo y al otro una pierna con una mina trampa.

La habitación que me asignan pertenece a uno de ellos: aún están todos sus enseres personales. Por la tarde lo empaquetan todo para enviarlo a EE. UU. Me pregunto a cuál de los dos soldados debía pertenecer la habitación, al de la pierna o al de la cara.

Por la tarde me incorporo a un pelotón. En plena patrulla, alguien dice que ha visto a locales utilizar sus móviles. Cinco minutos más tarde nos están disparando. Se oyen explosiones. Todos buscamos algún sitio donde cubrirnos. El sargento da órdenes. Unos soldados avanzan y otros toman posiciones para apoyar a los primeros; se gana el terreno despacio, agachados, reptando. Plantan una gran ametralladora y aparece un helicóptero Bell para localizar la posición del enemigo. El combate es intenso, dura unas dos horas y media. A veces se dispara, a veces se descansa.

- Cuidado donde pisas. Hay cables de minas trampa – me dice alguien.

Los talibanes no llevan equipo pesado y los soldados estadounidenses sí: es difícil correr con treinta kilos encima.

- Cuando no quieren luchar, los talibanes tiran las armas y luego pasan por delante de nosotros y nos saludan – me dice un sargento hispano echado en el suelo.

El sargento explica cómo un soldado salvó su vida y la de otros de puro milagro, cuando vio gracias a la posición del sol el cable que justo había empezado a tocar con el cuerpo.

Por fin termina el combate. El helicóptero ha tenido que ir en ayuda de otra unidad. De regreso, preguntan a los locales sobre los talibanes. Nadie sabe nada.

Ya en la base, el sargento hispano me cuenta que le quedan trece días para irse a casa, “si Dios quiere”, y que uno de los ataques hirió de gravedad a un soldado el día en que se iba. Quiere ser piloto de helicópteros. “En EE. UU. hay muchas oportunidades”.

Solicito acompañar a la patrulla de la madrugada, y aceptan.

- Quieres que te disparen de nuevo – ironizan los soldados.

Por la noche traen a un niño a la base. Una mina talibán ha matado a su primo, y a él lo atienden en el hospital de campaña. Está lleno de pequeños impactos. Nada grave, aunque no puede abrir los ojos. Un soldado padre de seis niños lo atiende mientras otro le da la mano. Después los soldados afganos se lo llevan a otra base para que un cirujano vea las heridas de sus ojos.

La patrulla sale a las cinco y media de la mañana. Después de andar dos kilómetros encuentra parte de un teléfono móvil roto, con un hilo, junto a una casa. El pelotón se divide para asegurar y registrar el perímetro. Se separa en dos grupos. Decido ir con el sargento hispano a registrar la casa. En el interior, uno de los dos soldados afganos tira una piedra sobre un montículo de arena por si hay una mina. El sargento le dice que no haga eso, porque estamos demasiado cerca y la mina nos alcanzaría.

No hay nadie en la casa. Salimos y, en ese momento, se produce una enorme explosión. El cielo se oscurece. Todo se vuelve marrón, mezclado con un ligero aturdimiento. Instantes de confusión. En un principio pienso en un proyectil talibán. Los soldados toman posiciones detrás de un muro no demasiado alto en un extremo de la casa. Cuando el humo se disipa me doy cuenta de que ha sido una bomba.

Veo un soldado cubierto de sangre, semiinconsciente. Otro ha perdido parte de las piernas y tiene la piel de la espalda y la cintura desgajada; le escriben con rotulador en la cabeza su grupo sanguíneo. Hay dos más, y el traductor, sin heridas visibles pero con signos de conmoción cerebral.

Y veo a un soldado muerto. Por el impacto directo de la mina.

Más tarde sabré su nombre: Brendan Neenan. Y sabré que tenía 21 años y era de Alabama.

Un sargento y un especialista con conocimientos médicos se ocupan de los heridos más graves. El resto mantiene el perímetro, atiende a los otros y llaman a los Medevacs para que vengan a rescatarlos.

Alguien lanza una especie de bengala y el cielo se cubre de una nube roja, el red smoke que indica el lugar al helicóptero de rescate; la escena parece de una película o de un videojuego. Llega el primer helicóptero y trasladan a los dos heridos graves y al muerto. Después llega otro helicóptero que se lleva a los tres restantes.

El sargento hispano me dice que eran dos minas unidas a una gran pieza de artillería; esta última no ha llegado a explotar. Le pregunto qué daños hubiera sufrido el resto de la patrulla si la pieza de artillería hubiera explotado. Me responde la expresión de su rostro.

Una vez se han ido los Medevacs llega un pick-up del ejército afgano. Los supervivientes y el resto del platoon recogen los restos del equipo de los heridos desperdigados por el suelo. Los van poniendo de uno en uno en el pick-up,y así termina todo.

En colaboración con Plàcid Garcia-Planas
RICARDO GARCIA VILANOVA – Arghandab. Servicio especial
(Publicado por La Vanguardia el 23 de julio de 2010)

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Para esta Sabatina contamos con la colaboración de

5 comentarios:

  1. Impresionante relato, y por cierto, los tienes cuadrados.

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  2. Ricardo es un periodista serio. Escucharle quita muchos complejos. Ss fotografías son impresionantes. Guerra en esta puro. No os lo perdais.

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  3. Allà estarem Ricard. Una abraçada i bentornat d'Haití.

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  4. Buenisimo, impresionante!!

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